El Mundial de rugby, y de cualquier otro deporte popular, vuelve a las ciudades una suerte de encuentro permanente de culturas. El transporte público es un corte sociológico perfecto: viajan los turistas, los que están aquí por la Copa, los locales de raíces francesas o de los diferentes orígenes que completan la población de este país.
Parar la oreja en el mismo vagón de tren o micro que conectan la apacible La Baule con el nuevo destino de Los Pumas -ahora Saint Etienne-, da la posibilidad de echarle un vistazo al mundo. En uno de los asientos, un adolescente acompañado por su padre utiliza en el mensajero de su teléfono un idioma árabe. Su pulgar baja de la pantalla de Tik Tok los mismos contenidos que un adolescente en Avellaneda.
Evidentemente hay personajes virales anónimos de las redes sociales que tienen mayor popularidad -o al menos la misma- que el más reconocido de los actores de Hollywood.
“¿Vous parlez espagnol?, ¿do you speak English?”. La mujer que atiende en el vagón comedor del tren bala, que supera los 300 kilómetros por hora, no es permeable a otro idioma que no sea el francés. El traductor de Google se convirtió en un aliado fundamental sujeto siempre a las conexiones WiFi y a las bondades del pack de datos, es por momentos la única llave para derribar barreras idiomáticas y saber, en este caso, si es posible contar con agua caliente para el mate.
“No, pero te puedo vender los vasos de agua caliente para el té que completen tu envase”, devuelve la voz del traductor después de escuchar. El termo es chico, pero no es negocio gastar 20 euros para una mateada que mucho más antes que después va a quemar la yerba.
Los choferes de colectivos a dos manos: o con el traductor, o el lenguaje de señas. Fotos Emmanuel Fernández/ Enviado especial Los ingleses no se esfuerzan en recurrir al traductor online cuando no los entienden. Esperan que el resto comprenda su idioma, aunque esto sea Francia y no el Reino Unido. Cuando eso sucede, si el traductor no es una opción, el lenguaje de señas termina siendo el más universal de los entendimientos, acompañado por la lengua de origen en cámara lenta, como si la pausa en la pronunciación permitiera una mejor comprensión. Al fin y al cabo, hablando la gente se entiende.

