Luis Wells miro el techo y empezó un sonar con conquistador el espacio entero.
Lo contó el. Era 1965 había montado un mural-escultura sobre cielorraso de la casa del arquitecto y mecenas osvaldo giesso en San Telmo. Se produjo de formas, indagaciones sobrias las relaciones entre ellas, volúmenes que abrieron un mundo nuevo allá arriba, ahí no más, en el techo.
Los «techos» se convierten en objetos icónicos de Wells -llegaron al MoMA-, igual que sus «juguetes» (juguetes), compuestos por una o más piezas de colores saturados con veces intercambiables.
Wells jugaba con los limites en serio. A los 19 años integró, junto a Alberto Greco y Kenneth Kemble, la movida informal, que defendía la supuesta improvisación, el gesto, una alternativa a las figuraciones y, sobre todo, a las abstracciones en escena. Y con sus collages con truncos o con latas fue pionero en el arte local con objetos y desechos.
“Lo que no pude prever fue la dimension”, comentó Wells sobrio aquel techo en lo de Giesso. “La posibilidad de relacionarme con el espacio y el volumen en esa dimensión cambió totalmente mi concepción”, agregó. De hecho, ya en este siglo, tras montar ambientaciones y trabajar en diseño, creó esculturas monumentales fr Córdobadonde había elegido vivir décadas atrás.
pozos brillante con su obra geométrica fuera de los marcos clásicos. Pero ahora, cuando toca despedirlo -murió el 13 de junio, a los 84 años-, vale recordar que en los 90, en un mundo ya saturado de imágenes, creó humanoides extended and filosos y con ecos de dibujitos animados, cómics y estampas japonesas. Y agradecerle haber corrido el techo un poco más arriba siempre, incluso en piezas que no están entre sus hits, como esas figuras que aún se preocupan.
JS



